Estudio revela por qué nos encanta el picante

3 años
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Probablemente eres de las personas a las que les encantan el picante al rojo vivo, algo tradicional de la comida mexicana que incluso nos hace en ocasiones hasta derramar lágrimas… Pero ¿Por qué nos gusta tanto la comida picante?

Un estudio de la Universidad de Pennsylvania arroja luz sobre este misterio, ya que el gusto por lo picante no es algo natural, según el estudio del profesor Paul Rozin.

Los animales y las personas, de hecho, no comen picante. No están diseñados para resistir la capsaicina, la molécula que produce la sensación de picor. De hecho, la lengua del ser humano está configurada de tal forma que “rechaza” el sabor de lo picante.

Así, una vez que ésta entra en contacto con algún alimento de estas características, envía una señal al cerebro, similar a la que emitiría si la lengua se estuviera quemando. Sólo que con la diferencia de que el picante no quema la lengua.

¿Por qué entonces nos gusta el picante? Más allá de la consideración de que tras milenios consumiendo este tipo de alimentos nos hemos acostumbrado a ellos, hay otra respuesta: la curiosa forma que tiene el cuerpo humano de mezclar placer y dolor.

De la misma forma que a muchas personas les gustan las películas de suspenso, o pasar un momento desagradable en una montaña rusa que nos pone boca abajo, el dolor que produce el picante puede generar a la vez una curiosa sensación de placer.

Sin embargo, y precisamente porque no es algo en esencia natural, hay culturas que manifiestan una querencia mayor por el picante. Alentado por la curiosidad respecto a este punto, Rozin en los años 70s comenzó a estudiar el hecho. Viajó al sur de México, a Oaxaca, para comenzar sus investigaciones.

Ahí descubrió que a los animales de la zona tampoco les gustaba el picante, pese a la afición de los humanos de esa zona por la comipda picosa. Y llevó a cabo varios experimentos con animales, con el mismo resultado: independientemente de que siempre se les ofreciera picante, siempre continuaban prefiriendo la comida normal. Sólo aquellos a los que de forma inducida se les había quitado la capacidad de rechazar la capsaicina toleraban los alimentos.

Esto le llevó a concluir que la pasión de ciertas culturas por el picante podría deberse a algún tipo de condicionamiento psicológico, y comenzó a trabajar en esa dirección.

A través de varios experimentos con humanos, descubrió que, de hecho, el picor que más gustaba era aquél que se sitúa justo por debajo del umbral de lo humanamente soportable, por lo que concluyó que la dinámica de dolor-placer tenía que ser responsable de esta situación.

Estas actividades “benigamente masoquistas”, según las describe el experto estadounidense, explican su teoría de que el dolor provoca después… alivio.

Según una investigación de la Universidad de Oxford, los escáners cerebrales muestran cómo dolor y placer se mezclan en nuestra cabeza, en una región del córtex frontal donde se procesan las percepciones y los juicios.

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